lunes, 28 de septiembre de 2015

Una modesta utopía

Queridos lectores,

Desde "Autonomía y bienvivir" me han hecho llegar este texto, que considero un contrapunto interesante al post anterior.

Salu2,
AMT



Una modesta Utopía



Dice Cornelius Castoriadis que todas las sociedades crean sus instituciones, aunque la mayoría disimulen esta creación detrás de un velo religioso o sobrenatural, y les dan sentido. El sentido, según nuestra Real Academia de la Lengua es la razón de ser o finalidad. El sentido es, según este razonamiento, subjetivo y fundamentalmente social; así, se puede pensar que el sentido de las catedrales es ayudar a la gente a alcanzar la vida eterna o, contrariamente, ayudar a un cierto grupo a mantener privilegios sociales. Lo mismo puede decirse de la administración de justicia, las prisiones, el sistema educativo, etc. Este imaginario colectivo es el principal mecanismo del orden social, incluso por encima de la coacción y la ley. Castoriadis lo expresó de forma muy clara:

En la cima del monopolio de la violencia legítima, encontramos el  monopolio de la palabra legítima; y éste está, a su vez, ordenado por el monopolio de la significación válida. El Amo de la significación sienta cátedra por encima del Amo de la violencia. Sólo mediante el fracaso que supone el derrumbe del edificio de significaciones instituidas puede empezar a hacerse oír la voz de las armas. Y para que la violencia pueda intervenir es necesario que la palabra -el imperativo del poder existente- asiente su poder en los "grupos de hombres armados". La cuarta compañía del regimiento Pavlovsky, la guardia de corps de Su Majestad, y el regimiento Semenovsky, son los más sólidos sostenes del trono del Zar-hasta las jornadas del 26 y 27 de febrero de 1917, cuando confraternizan con las masas y voltean las armas contra sus propios oficiales-. El ejército más poderoso del mundo no puede proteger nunca "si no" es fiel -y el fundamento último de su fidelidad es su creencia imaginaria en la legitimidad imaginaria-.

Lo que nos muestra el imaginario de nuestra sociedad es que percibimos que es rígida, inmutable, inalterable. En la actualidad son comunes las distopías, narrativas que nos muestran un futuro indeseable, pero que muchos entienden será el producto ineludible de nuestra resistencia o incapacidad de enderezar el rumbo. Las distopías nos interpelan de forma puramente negativa, nos invitan a cambiar pero no en una dirección determinada. No apelan al deseo sino al miedo, y al no recrear una idea de hacia dónde queremos ir, pueden resultar paralizantes.

La parálisis es sin duda el efecto buscado por lo que Zygmun Bauman denomina el folklore intelectualoide de los profetas del fin de la historia. Según esta visión, promovida por los neoconservadores norteamericanos, la caída de la URSS habría sido el último de los grandes acontecimientos históricos, la razón humana ha resultado ser mucho más limitada de lo que habíamos imaginado, y nuestras instituciones son las mejores que podemos darnos. Las luces de la ilustración conducen hasta un centro comercial. Mejor no soñar, parece decirnos Francis Fukuyama, nos podemos hacer daño. Es evidente el enfoque de esta visión hacia la clausura del sentido, la reducción del imaginario a la lucha entre dos opciones únicas y excluyentes, capitalismo contra socialismo, la lucha del siglo XX. La cuestión de la propiedad, una de tantas reformas que se pueden discutir, se presenta como la única que es capaz de lograr un cambio significativo.

Pocos reivindican hoy la bondad de la utopía, con la reciente excepción de la socióloga española Olivia Muñoz-Rojas. Para Olivia, la utopía permite contrastar las propuestas del presente con una imagen a más largo plazo, y en consecuencia tomar decisiones más congruentes con ese destino utópico. La prueba de la bondad del pensamiento utópico sería su innegable éxito: “La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana”, afirma la socióloga española.

Si aceptamos que es necesario o conveniente un cambio, resulta innegable la utilidad de imaginar, de forma realista, el mejor destino al que deberíamos aspirar, de forma que ese imaginario colectivo sea tanto parte del mapa que nos guía hacia nuestro destino, como la zanahoria que nos invita a iniciar la marcha.

El adjetivo “realista” es aquí sin duda determinante. Tal y como explica Olivia Muñoz-Rojas, las utopías son sobre todo realistas, en el sentido que debemos pensar, como siempre lo ha hecho el pensamiento utópico, una sociedad buena, incluso perfecta, “partiendo de las realidades psicológicas, sociales y tecnológicas existentes”. Lewis Mumford lo expresó de forma similar en su Historia de las Utopías, al referirse a las potencialidades que toda comunidad posee, además de sus instituciones vigentes. El término potencialidad apunta hacia posibilidades no realizadas, que se truncarán o darán lugar a futuros desarrollos, pero que al menos pueden ser una consecuencia lógica de las instituciones, hábitos e imaginario existente. Por lo tanto una utopía debe ser al tiempo realista y muy positiva, tener un objetivo exigente quizás nos ayude a conseguir al menos algo de lo imaginado, y eso es mejor que nada.

Mumford también destacó una virtud esencial de las utopías: se centraban en la totalidad o en gran parte de las actividades comunitarias, sin cerrarse en el estrecho marco de la política y la economía. En palabras del propio Mumford:

De haber sido de alguna utilidad, nuestro viaje por las utopías debería habernos enseñado lo patética que es la idea de que la clave de una sociedad buena se halla sencillamente en la propiedad y el control de la estructura industrial de la comunidad. [...] Si bien muchas de estas propuestas sostenían que la maquinaria industrial, bajo el socialismo, el corporativismo o el cooperativismo, debía servir al bienestar común, lo que les faltaba era una idea compartida de lo que es dicho bienestar común.

Sin embargo, los críticos con la iglesia del crecimiento económico ilimitado habrán mostrado cierto escepticismo inicial con la sola mención del término utopía ¿De cuanta energía dispondremos en esa sociedad utópica del futuro? El debate sobre la cuestión, en foros y blogs de internet, libros y artículos académicos, es inabarcable, y seguramente se podrían llenar ya varias bibliotecas enteras solamente con lo que se ha escrito desde 1998, el año en el que Colin Campbell y Jean Laherrere publicaron “El fin del petróleo barato”. Sin salir del ámbito de los peakoilers, o de forma más general, los críticos con el crecimiento económico, tenemos visiones más optimistas, como la de Antonio García-Olivares, que (eso sí, a duras penas y con muchísimo esfuerzo) cree posible mantener un nivel energético similar al actual mediante energías renovables, o visiones más pesimistas, como la de Gail Tverberg, que predicen un brusco descenso energético en un plazo muy breve. Otros, como los economistas, creen posible un crecimiento continuo a medio plazo de la energía final disponible para fines sociales. Lo que deberían exigir los ciudadanos de una democracia vigorosa y saludable es un debate público honesto y transparente en torno a la cuestión, dada su vital importancia; sin embargo, no es a nuestro juicio lo que se está produciendo.

En cualquier caso, es posible abstraernos hasta cierto punto de este debate. Podemos imaginar una sociedad buena, deseable, atractiva, y que al mismo tiempo nos ayude a transitar el camino hacia la sostenibilidad. Al fin y al cabo, las medidas que hay que tomar para adaptarse a un descenso energético del 40% son las mismas (relocalizar la producción, reducir el flujo de bienes de consumo maximizando el capital y el bienestar, reordenar la distribución de renta y trabajo, etc) que hay que tomar para adaptarse a uno de mayor envergadura, lo único que varía es el grado. Comenzar a caminar por la senda adecuada nos colocará en mejor situación que una sociedad que no haya recorrido ese camino. Si aceptamos estas premisas, debemos reconocer que una utopía nos será útil; si no estás de acuerdo en ellas, es posible que no te merezca la pena leer el resto del artículo.

Pero antes de describir nuestro ideal de vida buena en común conviene realizar una precisión más, en relación con los riesgos y problemas de estos imaginarios, que también señaló Lewis Mumford en su Historia de las Utopías. El problema de toda utopía es que inevitablemente deja fuera los deseos, anhelos y utopías de muchas personas. Hablamos, claro, sólo de la vida en común, pero incluso dentro de este límite existirán múltiples visiones minoritarias. Por eso, y aunque nuestro ideal particular deja más espacio para la libertad individual que la sociedad actual, queremos considerar nuestra utopía más un espacio de confluencia, un espacio abierto donde debatir y deliberar sobre distintos ideales utópicos, antes que un camino cerrado y definido, con un punto de partida y destino. Es por esa razón que añadimos el adjetivo modesta a nuestra Utopía.


Un ideal abierto de vida buena, en algún momento del futuro

La sociedad del mañana se diferenciará de la actual en sus valores predominantes. Habrá un desplazamiento desde el tener actual hacía el ser y el hacer. En una sociedad más basada en el uso que en la posesión, y con mayor tiempo de trabajo dedicado a uno mismo y a su entorno, la mayor fuente de placer y orgullo será lo que uno hace, y no lo que posee. La fabricación propia de diversos bienes, su personalización o reciclaje, actividades artísticas individuales o colectivas, la participación en la asamblea, en otros foros de debate público y en la gestión de los bienes comunes, será lo que más se valore en uno mismo y en los demás.

Se reconocerá que el dinero no es un valor en sí mismo sino que debe ser una mera herramienta al servicio del bien social, y por tanto siempre será necesaria una deliberación pública previa que determine cuál es ese bien social. Es decir, los propios valores compartidos deben nacer de una compleja actividad humana, del ser y del hacer colectivos, en lugar de someternos a un único valor cuantificable y predeterminado como el incremento de la riqueza.

En el futuro la vida será bastante más austera. La cantidad de bienes disponibles para el consumo discrecional, no relacionado con las necesidades básicas para el sostenimiento de la vida (alimento, refugio, cuidados), será mucho menor, y la renta disponible para adquirirlos irá en proporción. La adaptación a esto no será especialmente traumática, de hecho, mirando hacia atrás, se percibirán los tiempos pasados de forma negativa, por el derroche absurdo de recursos. Para paliar los efectos de un menor consumo se priorizará el acceso a los bienes, en lugar de la posesión. Se pensará en poder desplazarse y no en tener un coche, en lavar la ropa y no en tener una lavadora, etc.

La vida útil de los objetos será mucho mayor, se diseñarán para durar, y serán sencillos de reparar. No habrá modas, ni obsolescencia programada, de tipo técnico o cultural, y sin embargo, la variedad en los atuendos y en los objetos personales será mayor que nunca, merced al florecimiento de la personalización. Será común añadir uno mismo o con la ayuda de artesanos semi-profesionales de la familia o la vecindad, pequeños y grandes detalles a la ropa, calzado, mobiliario, decoración, etc. Se le dará una gran importancia al "hazlo tú mismo", que será fuente de orgullo, y pieza esencial de la identidad personal.

La publicidad prácticamente habrá desaparecido. Los bienes de producción industrial, mucho más escasos, que se continúen comercializando, lo harán en función de características como la durabilidad, consumo de recursos en su fabricación, posibilidad de reciclaje, en definitiva, en función de su ciclo de vida. El precio del producto vendrá determinado en gran parte por su impacto en el medioambiente, dado que el sistema de precios intentará corregir todas las externalidades. Así, a un producto que dure dos años se le impondrá un impuesto dos veces mayor que a uno que dure cuatro, porque consume el doble de recursos, aunque situaciones de ese estilo ya no existirán, habrá poca variedad de un mismo producto, y las calidades y precios variarán poco.

Para adquirir y utilizar los grandes bienes (herramientas, furgonetas, máquinas) existirán cooperativas de consumo. Cada ciudad tendrá su forma de organización particular, algunas por amistad, aunque finalmente se generalizará más la organización geográfica, por barrios, por manzanas, calles. Generalmente se cobrará un precio por el uso de un bien, y mensualmente se distribuirán los ingresos entre los cooperativistas. No todo el mundo pertenecerá a una cooperativa, algunos serán simples usuarios, pagando cada vez que hagan uso. Aunque se viajará mucho menos, una persona que se desplace, para cambiar de residencia, o por un trabajo eventual, tendrá desde el primer momento la posibilidad de usar todos estos bienes de alguna cooperativa, pagando el precio correspondiente. No habrá igualdad de rentas, por el distinto gusto por el trabajo de cada cual, y sus distintas habilidades, así que algunos decidirán no ahorrar lo necesario para entrar, y otros no querrán, pero será habitual que un hombre o mujer ahorre durante su juventud, y posteriormente, en algunos casos incluso con la ayuda de un pequeño crédito, compre una participación en una cooperativa de consumo. Aunque variará según las ciudades, generalmente la entrada en las cooperativas de consumo, así como el pago por el uso de los bienes (se sea miembro o no) se hará en moneda nacional, para el resto de la vida económica se utilizará la moneda local, de carácter oxidativo.

El desarrollo colectivo de la cultura libre, una forma de creación y difusión cultural voluntaria, participativa y compartida al margen del mercado, permitirá una gran independencia respecto a la industria cultural, (que será muy minoritaria).

La vida laboral de una persona corriente, se desarrollará alrededor de cuatro espacios diferenciados. Un primer espacio de trabajo autónomo para el autoconsumo, un segundo espacio de trabajo comunitario, un tercer espacio público y un cuarto privado. Lo normal será pasar de uno a otro a lo largo de la vida, manteniendo siempre cierta actividad en los espacios autónomo y comunitario, en función de la intensidad dedicada a los otros dos.

El trabajo autónomo para el autoconsumo consistirá en la producción propia de alimentos en el huerto casero, el cuidado de los hijos y los mayores, la reparación de objetos y herramientas, el intercambio de servicios con los vecinos, la personalización de objetos y la reutilización de chatarra, cambiando incluso la función del objeto.

El espacio comunitario consistirá en el trabajo en el huerto-jardín, o en otro tipo de huertos comunitarios, en la cooperativa de producción de energía y en las cooperativas de manufacturas. Estas últimas producirán ciertos bienes, de pequeña complejidad, con tecnologías no sometidas a economías de escala, y con maquinaria cuya propiedad se compartirá entre los socios cooperativistas. También se dedicarán a la reparación y reutilización de objetos y equipamiento, lo cual vendrá facilitado por el diseño de los productos, que se construirán dentro de lo posible con elementos comunes e intercambiables. Se mantendrá una infraestructura informática a través de la cual se compartirá información tecnológica, diseños libres, instrucciones para la fabricación, cultivo, reparación, etc.

El trabajo público será organizado generalmente por la ciudad, por asociaciones de ciudades, o por el estado nacional. Consistirá como ahora en obras de infraestructura común, y de mejora del capital natural. Aunque irá perdiendo importancia, se mantendrá como empleo de último recurso, al que poder recurrir en caso de necesidad de mejorar la renta.

Por último, estarán las fábricas y explotaciones agrícolas. Utilizando tecnologías que dan lugar a economías de escala serán muy eficientes, empleando a muy poco personal para su nivel de producción. Serán pocas, pero de un alto nivel tecnológico y eficientes energéticamente.

Lo habitual para una persona será comenzar en las fábricas o en el trabajo público, y ahorrar para adquirir su vivienda y entrar en las cooperativas de consumo y producción. El trabajo será una actividad flexible dentro de la vida, con épocas dedicadas al estudio, al descanso, y otras al trabajo más intenso. Se cuidará mucho evitar el miedo a la desposesión, garantizando a todos el acceso al trabajo, gracias al trabajo público. Veamos con más detalle cómo se organizarán cada una de estas esferas.

La esfera de trabajo autónomo será potenciada gracias a las monedas locales, la moneda de la ciudad, de carácter oxidativo. Será fácil intercambiar un corte de pelo por un arreglo en la ropa, unas clases particulares o una reparación de las instalaciones caseras. El dinero no acumulable, que perderá su valor de forma regular, incentivará los intercambios. Las personas no se especializarán de forma tan marcada como en la actualidad, sino que tendrán despiertas un mayor cúmulo de habilidades. Seremos más generalistas y menos especialistas, en cierto grado.

Gran parte de lo que he llamado trabajo autónomo será lo que hoy llamamos actividades voluntarias. No existirá el concepto de ocio como disfrute pasivo, sino como un espacio que hay que construir, en parte de forma individual, pintando un cuadro, por poner un ejemplo, y en parte de forma colectiva, por ejemplo participando en una obra de teatro. La diferencia fundamental con la sociedad actual es que se habrá producido una desmercantilización profunda de esta esfera tan importante para la reproducción social, incluso aunque se pueda intercambiar parte de ella con la comunidad (tú cuidas de mi padre, yo doy clases a tu hijo, por ejemplo), será siempre dentro de relaciones personales, de cercanía.

El trabajo comunitario se organizará de forma democrática. Periódicamente se adjudicarán a las familias ciertas parcelas dentro del huerto-jardín, o cierto volumen de encargos a satisfacer por las cooperativas de manufacturas. La entrada en la cooperativa será similar a la entrada en las cooperativas de consumo. También se fomentará la entrada en cooperativas de producción de energía, con elementos integrados en los propios edificios, o bien en las proximidades.

También el trabajo público se gestionará de la misma forma, aunque a un nivel superior, con participación de toda la ciudad, ya sean los trabajos a realizar promovidos por la propia ciudad o por la nación. En este último caso, la ciudad se encargará de la dotación del personal necesario, dependiendo la dirección de los trabajos del nivel superior. Se dará prioridad en el acceso a este trabajo a las personas con mayor dificultad a la hora de alcanzar una renta digna.

No habrá una única forma de organizar la producción en las fábricas o explotaciones agrícolas. En cuanto a la propiedad, en algunos países se habrá decidido que éstas sean de titularidad pública, en otros serán cooperativas, con una participación fuerte del sector público, y en otros serán enteramente privadas. Lo que tendrán en común todos ellos, independientemente de la propiedad, es que tendrán muy en cuenta a todas las partes interesadas: trabajadores, consumidores, gobierno, según un modelo similar a la Economía del Bien Común.

La fabricación distribuida y a demanda de todo lo básico, con medios a disposición de las comunidades y de las cooperativas de consumo, facilitará la independencia respecto a la gran industria y su necesidad de renovar continuamente la rentabilidad. En este contexto no acumulativo será más interesante producir sólo lo necesario y minimizar así el flujo de recursos materiales y energéticos. El desarrollo de los diseños libres compartidos para la fabricación a pequeña escala favorecerá esta autonomía económica esencial.

La producción de energía se adaptará a las necesidades locales. Así, las fábricas de mayor consumo se instalarán en lugares donde haya disponibilidad energética. La interconexión entre redes eléctricas locales existirá, pero será reducida, para minimizar costes de gestión. La disponibilidad “a demanda” de energía será reducida, y el consumo tendrá que adaptarse a la producción, es decir, en las horas de menor producción la disponibilidad energética será limitada. Se favorecerá la independencia colectiva respecto a la disponibilidad energética, mediante las cooperativas de producción de energías renovables: solar, eólica, biomasa, etc.

El sistema monetario de mayor implantación romperá el vínculo entre la inversión y el intercambio. En la base, a nivel municipal, existirán monedas locales, cuyo sentido será favorecer la producción y el intercambio de los productos de la ciudad o la región. Para ello se aprovechará el carácter local de la moneda: al no poder intercambiarse la moneda fuera del ámbito de proximidad se favorecerán los intercambios de servicios semi-profesionales entre vecinos, así como de bienes producidos localmente, como alimentos, artesanía, muebles, etc. Su carácter local y en algunos casos oxidativo, favorecerá que no se acumule, sin por ello provocar un exceso de consumo, dado que no será canjeable por bienes intensivos en capital natural. La gestión de la moneda será delegada en uno o varios vecinos, que rendirán cuentas ante la asamblea, pudiendo ser revocados.

Paralelamente, se utilizará una moneda “dura”, para los intercambios entre ciudades, o a nivel internacional. Será una moneda emitida de forma pública, libre de interés, que se inyectará (cuando sea necesario) en la economía pagando salarios para obras públicas, o mediante otro tipo de gasto de los gobiernos centrales. La emisión y retirada de dinero, será potestad de la nación, y estará prohibida la emisión de dinero privado mediante crédito. El circulante, por lo tanto, será independiente del crédito, y por tanto independiente de la creación de más activos monetizables en el futuro. El poder monetario, encargado del control de la moneda, rendirá cuentas ante la ciudadanía, y su mandato será revocable.

Habrá una conciencia social de que la técnica no es la solución a todos los problemas, y de que tiene tanto consecuencias positivas como negativas. No se buscará la mejora técnica por sí misma, sino condicionada a su finalidad (el para qué). La investigación y el desarrollo técnico se enfocarán principalmente hacia tecnologías que no den lugar a economías de escala y que se puedan usar de forma distribuida.

En cuanto al urbanismo, se aprovechará el diseño de las ciudades ya existentes, pero poco a poco se irá modificando, en la búsqueda de un patrón, ideal, que si bien no se podrá ver en estado puro en ningún sitio, sí podemos abstraer juntando algunos elementos que se repetirán de forma periódica en diferentes ciudades.

Los pueblos y ciudades serán compactos, con escasa dispersión de la población. La ciudad se organizará en barriadas de unas 250 familias. Cada barriada dispondrá de forma típica de algunos elementos comunes. En su centro habrá una plaza, que se utilizará para el mercadillo de fin de semana, así como para las asambleas. Las ciudades de tamaño medio o grande incluirán elementos de recreo en su interior o en su periferia, normalmente un huerto-jardín, espacio innovador que intentará unificar la producción agrícola con el espacio para la contemplación, y el contacto con la naturaleza dentro de la ciudad. Incluirá especies frutales que también proporcionen abundante sombra, como el nogal o el castaño, junto con huertos, fuentes, senderos y bancos. Otro espacio característico será el taller polifuncional, que integrará salas para dar charlas, cursillos, etc, junto con talleres donde se llevará a cabo la producción comunitaria.

En las propias viviendas se dispondrá de balcones y jardineras donde se cultivarán alimentos y los edificios también integrarán instalaciones de producción de energía como paneles fotovoltaicos, y en donde sea apropiado cubiertas verdes.

La relación entre las barriadas y el centro de la ciudad será radial. En el centro de las poblaciones que incluyan varias barriadas habrá un jardín o zona verde, con un teatro, que se utilizará tanto para la representación de espectáculos como para las grandes asambleas. Alrededor de este jardín se ubicará el ayuntamiento y una zona de tiendas similares a las que existen en la actualidad. En ciudades pequeñas habrá una sola tienda, que será el centro de distribución de la producción externa a la ciudad, fundamentalmente de los centros fabriles.

El nuevo paradigma científico asumirá la interrelación de todo lo que existe como punto de partida, (un punto de vista demasiado descuidado en la época de la extralimitación). En consecuencia tendrán una mayor relevancia los enfoques interdisciplinares, y ganarán presencia las investigaciones que pongan en relación los diversos saberes y sus interacciones, al modo en que la dinámica de sistemas relaciona sus fenómenos de estudio.

Se dará mayor importancia a la incertidumbre conocida sobre cualquier variable en todos los campos del saber. Así por ejemplo, en caso de duda, el principio de precaución en la innovación y en el uso de nuevos materiales y compuestos químicos prevalecerá sobre los beneficios potenciales.

La orientación de la investigación quedará subordinada a los objetivos y medios decididos políticamente entre todos, y por tanto tendrá una mayor relevancia lo que se suele englobar en las llamadas humanidades, el conocimiento que nos permite reflexionar y dialogar en el ámbito de los valores.

El conocimiento privativo como estímulo a la innovación, (patentes, copyright, etc), estará muy limitado. El reconocimiento a los nuevos descubrimientos podrá ser público, incluyendo premios y honores democráticamente decididos, o mediante donativos voluntarios, pero no estará centrado en rentabilizar la privacidad de los diseños y de las creaciones, que siempre beben del acervo cultural común. De este modo se multiplicarán las posibilidades de un aprovechamiento masivo de las aportaciones y de un desarrollo ulterior por parte de otros creadores.

La educación dejará de ser nacional para ser local/global, es decir, se incidirá mucho en las particularidades locales en cuanto a recursos, geografía, clima, cultura, etc, y por otro lado en conocimientos universales como las ciencias naturales y matemáticas. También se favorecerá la educación en valores, valores que favorecerán el desarrollo de individuos y comunidades autónomas. El compartir, la frugalidad, el cuidado amoroso de lo que se tiene o usa frente al usar y tirar, el respeto al prójimo y sus diferencias, la libertad entendida como responsabilidad o no dominación, el autocontrol de los deseos y pasiones para que esta libertad sea real o la resolución no violenta de conflictos, entre otras. Esto no se quedará en teorías sino que se favorecerá el que niños y adolescentes realicen visitas a centros de discapacitados, hospitales, residencias o pisos donde vivan ancianos necesitados de ayuda, entre otros. Colaborarán y ayudarán a individuos y colectivos más necesitados de apoyo, comprensión y cariño.

En la educación se hará mucho hincapié en el conocimiento de las necesidades humanas, según lo estudian psicólogos como Abraham Maslow, o economistas como Manfred Max-Neef.

Se realizará una educación cívica, democrática o paidea. Para que esta educación democrática sea posible la formación reglada necesitará de una serie de cambios que la alejen en parte de lo que es hoy. Aunque el aprendizaje memorístico tendrá que tener un papel, deberá fomentarse en la escuela el amor al conocimiento, y para esto debe favorecerse el desarrollo del pensamiento creativo, libre y crítico. Para impulsar esto habrá que favorecer la lectura, los trabajos individuales y en equipo sobre temáticas que interesen a los niños y los adolescentes y jóvenes, desde temas que toquen problemáticas sociales, a morales, familiares, de amistad, amorosas, filosóficas, espirituales y también de la muerte, que no deberá ocultarse. Por otro lado las escuelas deberán ser el centro de la vida de los barrios, serán abiertas a las diversas actividades del vecindario, actividades culturales, deportivas e incluso laborales. De esta manera la implicación en la educación de la ciudadanía será más extensa. El concepto de educación será más amplio que ahora. No se limitará a la educación reglada, sino que impulsará la educación libre y popular, favoreciendo la creación de ateneos, centros culturales, grupos de debates, estudio y reflexión. Con esto podrá aprenderse a cualquier edad.

Se enseñará a los ciudadanos a respetar las leyes y el funcionamiento de los mecanismos diseñados por el pueblo para revocarlas o modificarlas de forma ágil y democrática (en caso de que las leyes vigentes se tornasen inservibles por cualquier motivo), y a sancionar a quién no las respete, llegando en casos extremos a activar protocolos para reducir a individuos que por cualquier circunstancia desarrollen comportamientos gravemente anti-sociales.

En cuanto a la metodología educativa, tendrá mayor importancia la autoorientación, aunque se vele por los conocimientos básicos mencionados, y la autoorganización, que no implica abandono a su suerte al estudiante puesto que habrá que cuidar el entorno de aprendizaje, el acceso a los materiales y la respuesta a las dudas y a las necesidades personalizadas. Con ello se cultivará la iniciativa, la capacidad de observación, el sentido crítico y la expresión genuina.

Habrá sistemas sanitarios a nivel regional, que integren atención primaria local, con un centro más especializado en la capital de la región. El conocimiento distribuido y abierto reducirá los costes de los tratamientos, compensando en parte la menor disponibilidad de energía. La sociedad será mucho más saludable, y la esperanza de vida se mantendrá o incluso mejorará, a pesar de que el sistema de salud disminuirá, porque prevalecerá el enfoque hacia la prevención, la salud integral y la plenitud frente al modelo de la actual sanidad, meramente defensiva, limitada a la cura y la medicación, y confiada a la industria farmacéutica.

El corazón del gobierno y de la vida democrática será la ciudad. Los barrios y las ciudades serán los encargados de gestionar el trabajo comunitario y el trabajo público, así como las obras de infraestructura y mejora necesarias, a veces en colaboración con otras ciudades. La gestión se realizará por asambleas directas, a veces con elección de representantes para funciones limitadas, y siempre revocables.

Una de las funciones de la asamblea general de la ciudad será gestionar o designar a los gestores de la moneda local. Su carácter oxidativo favorecerá la no-acumulación de bienes y servicios, y la circulación a través del conjunto de la comunidad.

Sin embargo, continuará existiendo un gobierno central, con algunas funciones reducidas, pero importantes. Entre ellas estarán los impuestos al consumo, que se fijarán en función del uso de capital natural de cada producto, ya sea producido en la comunidad, en las fábricas, o sea importado. En algunos casos, se fijarán límites máximos de consumo, asignándose un permiso a cada usuario, que podrá transferirlo si no precisa hacer uso del recurso físico, favoreciendo la austeridad en un recurso más escaso, a cambio de una compensación en forma de renta para gastar en un recurso menos limitado.

La función de monitorizar el estado del planeta Tierra, sus ecosistemas y sus recursos, la llevará a cabo una organización científica independiente de los gobiernos. La formarán activistas y científicos por todo el globo, que formarán una red donde se llevará a cabo un intenso debate. Los gobiernos, por su bien, respetarán el consenso que emane de esta red, dado que el incumplimiento les acarreará tanto sanciones externas, en la forma de restricciones a las importaciones y exportaciones, como internas, por el posible revocatorio de sus ciudadanos.

Existirá también una asamblea de naciones, similar a la actual, que reforzará el equilibrio natural entre ellas y permitirá dirimir cuestiones difíciles como las cuotas pesqueras, ejerciendo también de mediadora y pacificadora en conflictos entre comunidades para intentar reducir las guerras y evitar matanzas o genocidios, con la consiguiente huida de cientos de miles de personas, como podemos observar actualmente. Sin embargo, no será el factor determinante, ya que la paradoja de Jevons no tiene sentido fuera de un marco de crecimiento. En un mundo que mantendrá cierta interdependencia no tendrá sentido gastar lo que otro ahorra, cuando ello te puede acarrear perder el acceso a otros recursos o que tus productos carezcan de mercado. Las sociedades intentarán desarrollar al máximo los recursos locales, y maximizar la eficiencia en el uso de los recursos naturales, ya que eso es lo que les permitirá el acceso a los recursos que no poseen en su territorio.

El gobierno también se ocupará de planificar, y ejecutar junto a ciudades cercanas, la mejora y desarrollo de infraestructuras como vías de comunicación interregional, centrales de energía, centros de almacenamiento de datos, etc, que se mantendrán en menor número que los actuales, siendo su aplicación mucho más eficiente.

Otra de las funciones del gobierno serán las relaciones internacionales, que en general consistirán en transferencias de tecnología y capital, desde los países desarrollados hacia los menos desarrollados, en pago a la deuda ecológica contraída. Se formarán fondos de dinero, que se prestarán a muy bajo interés o interés cero, a cambio de ser empleado en proyectos de desarrollo con un limitado impacto ambiental.


Haciendo camino al andar

Estas y otras no mencionadas pueden ser esas pinceladas de ese cuadro sobre una utopía futura para el bienvivir. Al observar un cuadro impresionista, la distancia lejana nos permite verlo con cierta perfección, belleza e integridad, sin embargo al acercarnos hacia él nos sorprendemos de la incalculable cantidad de puntos y trazos que lo componen. Es una inmensa complejidad de elementos los que apoyan esa imagen, más bien nítida, que anteriormente habíamos apreciado a la distancia.

En este punto, nosotros y cualquier lector se preguntará cómo llegar hasta esa utopía. Aunque describir el ¿cómo? no es el objetivo de este artículo, bien merece al menos unos breves párrafos, que asienten algunas ideas clave. Galeano tenía claro cómo hacerlo, caminando. Tenemos diversos caminos y sendas con sus consecuentes bifurcaciones y retrocesos que nos llevan hasta allí pero todos ellos requieren de acción, de un pequeño paso aquí y otro allí. Sin la acción y participación de cada uno, como si fuéramos los pequeños puntos que componen esa obra de arte impresionista, será difícil componer esa utopía. Einstein quizás dijo esta misma idea con otras palabras: “El mundo no será destruido por los que hacen el mal, sino por aquellos que los miran sin hacer nada para impedirlo”. Ponernos de acuerdo en hacia dónde queremos ir es el paso fundamental, el cómo, los medios, pese a su importancia, no deja de ser secundario, siempre podemos actuar por ensayo y error, lo importante es comenzar a caminar. En este punto conviene recordar que la sociedad actual no surgió del diseño maestro de Adam Smith o Jeremy Bentham, ni de un orden espontaneo, sino de un proceso de reforma paulatino en respuesta a problemas concretos, sin un objetivo predeterminado.

Quizás no sepamos los caminos exactos que nos llevan hasta la utopía, sin embargo estamos seguros de los que nos llevan a la distopía, lo cual ya es ahorrarnos quizás la mitad de las energías. En cuanto a los caminos que sí llevan hacia la utopía, probablemente con ciertas bifurcaciones e incluso algún retroceso, podemos seguir e involucrarnos implícita o explícitamente en algunos de ellos tanto a nivel local como a nivel global. Aunque no están todos, nosotros planteamos algunas de ellas en nuestra página web y en nuestro Programa para una Gran Transformación. En ambos casos se trata de una visión política, o de arriba hacia abajo. En nuestro blog también hemos escrito sobre otros enfoques, de abajo hacia arriba, a nivel individual y colectivo. Otras medidas pueden ser sugeridas por vosotros mismos. En el fondo muchas de las soluciones ya han sido planteadas, lo que es necesario es visibilizarlas y descartar aquellas que no sirven. En última instancia, es la conexión de todas esas alternativas lo que produce la emergencia y la sinergia del cuadro de nuestra utopía.


 

 

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